"¿No te parece?", le repetí para cercionarme que no me había escuchado. Y si, era así. No me había estado escuchando durante toda nuestra conversación. Fue ahí que me di cuenta de que ya no había más que hacer, que lo mejor era que cada uno retomara el camino que había dejado.
Me miró, lo miré. Tenía los ojos tan negros como nunca los había visto. Y una sonrisita tonta se me escapó en los labios, lo que hizo que se riera.
Lo sabíamos, pero no queríamos decirlo. Esa era la única realidad.
Nos despedimos en la puerta del bar, nuestro bar, donde ya éramos conocidos por los mozos y todos los habituales clientes, como los dos jóvenes que todos los martes a las seis de la tarde se tomaban un cortado y un café con leche. Nos reiamos, nos hacíamos bien; éramos felices por lo menos por dos horas. Después de eso, cada uno a su triste realidad.
Al típico saludo de siempre lo suplantamos con un abrazo largo, como para que bastara por un rato largo. Una sonrisa, y un "cuidate". Sabíamos que iba a pasar mucho tiempo hasta que nos volvamos a ver, pero también sabíamos que nos íbamos a volver a cruzar en algún momento. Si la vida nos quiso juntos una vez, ¿por qué no dos?
No hay comentarios:
Publicar un comentario