Poder saber quién soy, qué quiero ser, qué pretendo ser. Y no lo que los demás pretenden de mí. Eso ya lo tengo bastante en claro.
Y no soy la típica princesa, la que usa vestidos o está siempre arreglada.
Me gusta tener el pelo atado, con mi rasta y mi parte rapada bien marcada. Mis uñas nunca son del mismo color y uso más tiempo mis pulseras de hilo que cualquier otro tipo de aro. Ando siempre a cara lavada y tampoco me pinto demasiado cuando lo hago.
No me interesan los escrachos fotográficos ni que lo que digo suene lindo, porque lo que digo es lo que siento. Hago las cosas que quiero, sin estar interesada en las miradas ajenas que muchas veces pasan a buscarme y a recriminarme cosas. Tengo días en los que estoy feliz, en los que estoy triste. En los que me siento mal, en los que no quiero ver a nadie. Esos días que me reprochan cosas del pasado, también aparecen. Supongo que como todo el mundo. Supongo.
Me siento un ente tan incoherente que a mi mismo desconcierto. Me siento gorda y flaca a la vez. Útil e inútil. Puta y santa. Feliz y triste. Linda y fea. Loca y sana. Enojada y totalmente liberada. Culpable e inocente. Será por eso que me sentí tan identificada con abzurdah. Será por eso que, hoy por hoy, no encajo en los estratos familiares. Será por eso que me siento tan desquiciada que lo único que puedo hacer a veces es llorar y gritar. También tengo ataques de alegría, en los que me limito a reírme y hablar sin razón alguna.
Soy así, histéricamente única.
Soy así, tan inquietante y tan ilógica a la vez que asusto.
Soy así, tan inquietante y tan ilógica a la vez que asusto.