Las cosas no salieron como él quiso. Mejor dicho, salieron totalmente diferentes a su idea original. Estar encerrado en esas cuatro paredes no estaba en sus planes, como tampoco lo estaba perder cuatro años de su vida allí dentro. Los barrotes, sus únicos amigos en ese tiempo de soledad, lo observaban burlonamente… él podía sentirlo. Los palitos dibujados en la pared, como una cuenta regresiva que nunca avanza, parecían reírse de él mientras que se volvía totalmente loco en soledad. No pasaría mucho tiempo más hasta que la locura lo consumiera totalmente, dejándolo en un estado irreconocible tanto para él como para sus allegados. ¿Quién lo esperaría afuera? ¿Quién se estaría preocupando por él ahora mismo? Estas preguntas daban vuelta por su cabeza desde hacía ya mucho tiempo. Esos interrogantes, que todavía no tenían respuesta, ansiaban ser develados lo antes posible.
La hora llegó. Los barrotes se separaron lentamente dándole lugar a la libertad: esa libertad que tanto anheló y que tanto esperó. Sus problemas muy pronto pasarían a ser otros, de mayor importancia, esos que él quería. Un par de guardias (ambos de baja estatura y fornidos, aunque sus caras no aparentaban su edad) lo acompañaron a la salida y le entregaron sus cosas. Sus preciadas cosas.
Como era de esperar, no encontró a nadie a la salida. Lo presentía desde que ingresó a aquel sombrío lugar, pero no quiso aceptarlo. Decidió tomar un colectivo que lo dejaría a unas pocas cuadras de su hogar, aunque esa no era la manera que más le gustaba para comenzar su nueva vida.
Luego de miradas amenazadoras y desconfiadas durante el camino de regreso, llegó a su casa. Las palabras “asesino”y “justicia” que estaban escritas con aerosol permanente serían tan difíciles de quitar de las paredes como de sus recuerdos. ¿Era él realmente responsable de lo ocurrido? ¿O fue, simplemente, un destino taimado que jugó en su contra? Sea como sea, los recuerdos quedarían.
Días después de su llegada, una carta lo citaba a declarar al juzgado. Le sorprendió que después de tanto años lo sigan llamando para repetir, como hizo desde la primera vez, la misma historia. Pensó seriamente unos segundos acerca de ausentarse a tal petición, pero optó por tomar sus cosas y marchar rumbo a su destino nuevamente. Otra vez, a ese oscuro lugar no volvería.
Una vez llegado e instalado en el juzgado, comenzaron las preguntas habituales. Las respondió tal y como recordaba que habían sucedido, hasta en el mismo orden de siempre: “Llevábamos una relación hacía ya bastante tiempo. Las cosas, no podían ir mejor: nos llevábamos tan bien y estábamos en plena búsqueda de una casa para irnos a vivir juntos. De pronto, todo comenzó a ponerse extraño: la notaba con un humor diferente, como si estuviera enojada por algo. Podría llegar a afirmar que esa conducta empezó la tarde después de que fui a la facultad a llevar unos apuntes a una compañera que los necesitaba. Desde ese día, la notaba más distanciada, como si me estuviera escondiendo algo. No le di demasiada importancia, ya que podía tratarse de algo momentáneo por su trabajo o su estudio. Al día siguiente (una semana antes de su muerte), me llama cinco veces al celular. No llegué a contestar las llamadas, porque me encontraba en plena reunión con mi jefe, quien me estaba dando explicaciones acerca de cómo realizar mi próximo trabajo. Intenté volver a comunicarme con ella, le devolví los llamados, pero ahora era ella quien no contestaba. Supuse que si no respondía era porque no se trataba de un asunto de extrema urgencia, por lo que decidí volver a mi casa. Como mis padres se encontraban de viaje, estaba viviendo momentáneamente solo. Cuando llegué a mi hogar, me di cuenta de que se me hacía tarde para ir a encontrarme con un amigo, a quien no veía hacía mucho tiempo. Salí apurado de mi casa, y me encontré con ella en la puerta. No puedo describir su cara, pero estaba seguro de que algo no andaba bien. Sus ojos estaban al borde del llanto, y la mueca que representaba su boca me dio qué pensar. Le pregunté si no quería que me quedara con ella, pero se negó y dejó que continuara mi camino. Le ofrecí pasar y que me espere, que se sirva lo que quiera y que se ponga cómoda. Le prometí que hablaríamos en cuanto volviera. Aceptó feliz y yo partí al encuentro con mi amigo. Cuando volví a mi casa, la comencé a buscar por todos lados, pero no la encontraba. Suponiendo que se había marchado a su casa y que cuando llegara me llamaría, me dirigí al escritorio a encender mi computadora para cerciorarme de que no tuviera mails sin leer. Cuando entré, la encontré sentada, revisando y copiando archivos en un pendrive que ella había traído (lo supe porque mis padres se habían llevado los que se encontraban en mi casa con el fin de guardar sus fotos durante su viaje). Le pregunté qué estaba haciendo, ya que, por lo que vi, estaba copiando archivos privados míos y de mi familia. Intentó explicarme, pero el enojo del momento hizo que me fuera a dar una vuelta por la plaza más cercana dando un portazo a la puerta principal y refunfuñando por lo bajo. Una hora más tarde, volví a mi casa. Cuando entré estaba todo en demasiada tranquilidad, por lo que me dediqué a buscarla. Así fue como la encontré, tirada en el piso del baño ya sin vida y con el revólver en la mano.”
Éstas últimas palabras le resultaron más duras de decir que todo el relato. Algunas lágrimas quisieron resbalar, pero él decidió que lo mejor sería que se contuvieran, de modo que se las enjugó con la manga de la campera que llevaba puesta. Todo estaba tranquilo en aquella pequeña habitación donde fueron realizadas las preguntas. Demasiado tranquilo. De repente, algo que nunca había escuchado antes zumbó en sus oídos e hizo que le comenzara a doler la cabeza: “Tenemos en nuestro poder un video de su novia, horas antes de que fuera hallada sin vida en su casa. Allí, explica todo lo que necesitábamos para resolver su caso”. Él aceptó con lágrimas en los ojos ver ese video, sabiendo que éstas no tardarían en rodar por su mejilla. El video era simple, no tenía demasiada preparación. Se le notaba agitada, con miedo. Podía verlo en sus ojos, podía sentirlo en su voz. Recordó esa noche; ¿cómo no pudo darse cuenta de esas cosas? ¿Qué fue lo que lo había cegado en ese momento? Las manos de ella se movían temblorosas a la vez que modificaba la posición de la cámara para lograr que la capte correctamente. Él, no pudo contener más su llanto. Las lágrimas comenzaron a correr, una tras otra, mientras que un sollozo enmudecía en su pecho. Ella, comenzó a hablar:
“Grabo este video por lo que me pueda llegar a pasar. Sé muy bien cómo finalizará esto, es por eso que quiero contar lo que estoy sintiendo, lo que estoy viviendo. Me doy cuenta que las cosas ya no son como antes, y que las personas en las que más confiaba se volvieron perfectos desconocidos que me cruzo día a día. Lo vi a mi novio encontrándose con otra chica. No estoy segura de quien era ella, pero sé muy bien lo que vi. Al contar esto, me trataron de loca, de que él era incapaz de hacer algo así, que él me amaba. Poco me importó, por lo que decidí distanciarme de él por un breve tiempo para pensar bien en cómo debía actuar. Al día siguiente, me decidí a llamarlo, pero no me contestó. Estaba segurísima de que estaba con ella, que ella era la causa por la cual no me contestaba. Me dispuse a ir para su casa, para encontrarlo y poder hablar con él acerca de lo ocurrido. Cuando llegué, se estaba yendo. ¿Se estaría yendo a comprarle algún regalo o, quien sabe, a encontrarse nuevamente? Me miró con su mirada desencajada, como si no entendiera lo que estaba ocurriendo. Ciertamente él no sabía que yo sabía acerca de ella y quiso engañarme haciéndose el desentendido. Me ofreció entrar, que comiera algo y que lo esperara así charlábamos cuando volviera. Acepté de muy buena manera ya que aprovecharía ese tiempo para revisar si guardaba cosas de ella. Quien sabe, quizá una foto o un mail. Entré y me serví un vaso con gaseosa que encontré en la heladera. Subí inmediatamente al escritorio; encendí la computadora y me dediqué a buscar entre archivos y documentos perdidos. No escuché ni la puerta de calle cuando entró ni sus pasos cuando se acercaba a donde estaba, por lo que no tuve tiempo de cerrar nada antes de que me viera. Cuando me vio, me pidió explicaciones. Quise explicarle cómo habían sido las cosas en realidad, que lo había visto y que ya sabía todo, pero no me dio tiempo a llegar a aclararle nada ya que salió enojado a caminar por la plaza, como lo hace siempre que está enojado o quiere pensar. Ya no quiero seguir viviendo, ya no me interesa saber nada más con la vida ni con la gente que me trató de loca. Quiero que todo esto termine y lo voy a hacer ahora.”
Se vio cómo ella extendía el brazo para apagar la filmadora, al tiempo que se observaba cómo con la otra alzaba un revólver. El resto no se vio, pero él supo como finalizaba la historia. No quería volver a vivirlo, volver a sentir ese frío que experimentó cuando la vio desplomada en el baño ni soportar esa impotencia cuando vio el arma junto a ella. El video fue encontrado mucho después de lo debido: él no se mereció estar esos cuatro años encerrado. Él era inocente, lo sabía; y ahora también lo sabía el mundo, la justicia. Pero ya no le importaba, como tampoco le importaba si tenía que volver a la cárcel. Lo único que quería era que ella regresara, pero sabía que eso no iba a suceder: nada podría traerla de regreso. Se sintió culpable, más culpable que nunca… Sentía vergüenza de sí mismo. Quería reencontrarse con ella, explicarle lo ocurrido, que las cosas no eran como parecían. Era algo que debió haber hecho desde un principio, en lugar de enojarse e irse.
Esa misma noche, él volvió en su casa y sus almas se encontraron. Hablaron. Rieron. Lloraron. Volvieron a sentir ese amor que no habían sentido ninguno de los dos hacía ya bastante tiempo. Sus almas, volvieron a ser una otra vez.


