¿Cuántas veces dijimos: mi vieja está loca? O una frase que representa muchísimo mejor esta nota: "¡no la soporto más!".
Porque es verdad, todos los adolescentes decimos eso. Todos los adolescentes soñamos con la independencia, con el no vivir más con nuestros viejos, todos queremos tener total libertad sobre nuestras decisiones, todos queremos que nuestras mamás no estén a nuestro lado todo el tiempo. Aunque hay que convenir, también, que es verdad que decimos "mamá, vení", cuando queremos algo; "maaaa", cuando necesitamos algo; "mami", cuando no encontramos algo o el nunca mejor usado "vieja", cuando queremos mostrarle algo de lo que seguro, se va a sentir orgullosa. Porque es así, nosotros "no queremos" a nuestras mamás. Y ¿por qué lo pongo entre comillas? porque en realidad, no las queremos: las amamos, sólo que no nos da el valor para decírselo. Insisto en que el amor que es más difícil de expresar, es el de una madre. Porque es ella la que está cuando nos sentimos mal, cuando lloramos, cuando le gritamos a alguien, cuando algo nos pasa. Y si es así, es porque ella también nos ama, sólo que para ella es muchísimo más fácil demostrarlo. Convengamos que desde que nacimos, que nuestra querida "viejita" nos está dando todo. El alimento, la protección, el hacernos las cosas... Cuando crecemos, no la queremos ver cerca, deseamos que se vaya lo más lejos posible, lejos de nuestros amigos, de nuestros vecinos, de nuestro mundo. Pero ella es incansable, siempre esta ahí, ayudándonos, protegiéndonos, alentándonos a seguir. Ya sea desde el personaje principal cuando nacemos, como desde atrás del escenario, cuando ya somos más grandes.
Es así: las madres son una necesidad y, a la vez, un deseo. Es un sentimiento un poco ambiguo lo que expresamos: la queremos cerca pero a la vez desearíamos que esté en el faro del fin del mundo. Lo que estamos seguros de ese sentimiento, es que cada vez la queremos más y ella nos quiere más a nosotros. Es inexplicable y conjuntamente sorprendente.

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