Él era feliz por ella. A él le gustaba compartir tiempo con ella, que escuche sus historias. Él disfrutaba viendo su sonrisa y escuchándola reír. Él quería estar con ella para siempre.
A ella le gustaba arreglarse; a él andar desalineado.
A ella le gustaba mimarlo; a él observarla.
A ella le gustaba su vida; a él también.
Un día, se dieron cuenta que sus manos no seguirían juntas para siempre. Poco a poco, esos dedos entrelazados hacía mucho tiempo ya, comenzaron a desprenderse.
"No me olvides" pidió ella antes de partir.
"Nunca", juró.
Y él continúa acá: esperando su reencuentro. Él sigue esperando el momento en que puedan verse las caras otra vez. Él espera vivir eternamente con ella, con la única que lo hizo realmente lo hizo feliz.
Él no es feliz. Él continúa por ellos que no lo dejan caer, que niegan a soltar su mano.Ellos ahora comprendieron lo que él comprendió hace rato: que las manos no pueden estar unidas para siempre y que a veces lo mejor es lo que no queremos.
Ella les habla. Los cuida, los mima. Ellos no la sienten, pero saben que está ahí.
Él la siente. Siente sus mimos, como los sintió toda su vida; siente su vos y hasta siente su olor.
Lo que él no sabe, es que ella nunca se fue. Que sus almas continúan juntas en todo momento y en todo lugar.
Lo que él no sabe, es que ella lo espera y que nunca lo olvidó.
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